Miguel Angel Cobreros Vime
Doctor Arquitecto
El turismo ha traído vacío y desfiguración del casco antiguo de Sevilla.
No es cierto.
Quienes conocemos la evolución real de Sevilla sabemos perfectamente de dónde venía el centro histórico, especialmente el sector norte.
La revitalización del Casco Norte: De la degradación a la habitabilidad.
La memoria urbana a veces es corta. Hace unas décadas, amplias zonas del sector norte del casco antiguo (el entorno de la calle Relator, la Alameda de Hércules, la Cruz Verde o San Luis) sufrían un deterioro estructural gravísimo, con un alto índice de infravivienda, solares abandonados y una alarmante despoblación real.
Hoy en día, el panorama es radicalmente distinto:
Recuperación del espacio público: Pasear por Relator o la Cruz Verde es, una delicia gracias a la rehabilitación de fachadas, la apertura de comercios locales y la mejora del tejido urbano.
Atracción de inversión: El turismo y el interés residencial que este despierta han funcionado como un motor económico indispensable para financiar la complejísima y costosa rehabilitación del patrimonio edificado que, de otro modo, se habría derrumbado por puro abandono.
Una cuestión diferente son los casos del Arenal y Triana.
En zonas que ya gozaban de mejor salud, como El Arenal o el viejo arrabal de Triana, el impacto turístico no ha destruido su identidad, sino que ha apuntalado su conservación. Ha permitido mantener una oferta gastronómica, cultural y comercial vibrante que no solo disfrutan los visitantes, sino de la que se benefician diariamente los propios sevillanos. El centro se ha vuelto "vividero" y atractivo, alejándose del peligro real de la marginalidad o el abandono institucional en el que cayó a finales del siglo XX.
El mito demográfico frente a los datos.
El argumento más sólido frente al alarmismo es la tozudez de los datos: el Casco Antiguo de Sevilla mantiene una población estable que ronda los 53.000 habitantes desde hace una década.
No ha habido un éxodo masivo ni un vaciado demográfico real en el cómputo global, sino una reorganización del perfil de habitabilidad. El turismo no ha expulsado a la vida; en muchos barrios degradados, ha sido precisamente la inyección de oxígeno que ha permitido que vuelva a haberla.
No nos han echado, nos fuimos antes.
P.D. No tiene que ver con el casco antiguo, pero si con una cierta mentalidad. Los que se quejan de la masificación de turista de la Plaza de España, no recuerdan que hubo un tiempo en el que los sevillanos usábamos la plaza como aparcamiento masivo, cuando la Feria estaban en el Prado.
Miguel Angel Cobreros Vime
Doctor Arquitecto.
Esta entrada responde, como hago muchas veces, a romper el mito de la Sevilla de postal.
Es un analisis breve de las empresas y sectores que se ubican en Dos Hermanas, Alcalá de Guadaira y San José. Para terminar el tejido productivo no agricola ni terciario de Sevilla habría que añadir las empresas ubicadas en la Zona Franca del Puerto de Sevilla y las que se situan en el Parque tecnológico de la Cartuja.
El cinturón industrial Dos Hermanas–Alcalá–San José: el núcleo productivo que sostiene miles de millones
Al-Andalus: una historia que es nuestra
Hay una conversación que aparece con frecuencia cuando hablo de Sevilla, de la Alhambra o de la Mezquita de Córdoba.
«Eso lo hicieron los arabes».
La frase parece sencilla. Y, en cierto sentido, contiene una verdad: quienes construyeron aquellos monumentos vivían en sociedades musulmanas, hablaban en buena medida árabe y formaban parte de una civilización islámica.
Pero la frase tiene un problema.
Confunde religión, cultura, poder político, origen familiar y pertenencia histórica. Y, sobre todo, convierte una parte de nuestra historia en algo que sucedió aquí, pero que parece pertenecer a otros.
Yo creo que deberíamos mirar las cosas de otra manera.
Los habitantes de al-Andalus no fueron simplemente una población extranjera que llegó a la península y sustituyó a la que había antes. Hubo conquistadores procedentes de Arabia y del norte de África, por supuesto, pero también hubo una enorme continuidad de las poblaciones que ya vivían en Hispania, además de conversiones, matrimonios y mezclas durante siglos.
Un hispano podía convertirse al islam.
Y convertirse al islam no lo convertía en árabe.
Esta distinción, que hoy parece elemental, se pierde con demasiada facilidad cuando hablamos de nuestra Edad Media.
Por eso tampoco me gusta decir que «los andalusíes eran españoles». España, como realidad política y nacional, pertenece a otra época.
Pero hay otra afirmación que sí me parece perfectamente defendible:
Al-Andalus forma parte de la historia de las poblaciones y del territorio que acabarían formando España.
Y esto cambia completamente nuestra relación con aquel patrimonio.
La Mezquita de Córdoba no es un monumento extranjero que casualmente se encuentra en Córdoba.
La Alhambra no es un monumento extranjero que casualmente se encuentra en Granada.
Son creaciones de una civilización que se desarrolló durante siglos en esta península y que forma parte de nuestra historia.
Y aquí aparece algo que me parece todavía más interesante.
Al-Andalus no era Andalucía.
Identificar ambos conceptos es un anacronismo. Al-Andalus fue cambiando de tamaño y de fronteras durante siglos y llegó a abarcar territorios de gran parte de la península.
Andalucía es otra realidad histórica y territorial, posterior.
A nosotros, los sevillanos, quizá nos interese mantener cierta confusión porque tenemos muchísimo que ganar con ella. Pero la historia es más interesante si no necesitamos apropiarnos de Al-Andalus.
Porque Sevilla ya tiene bastante.
Sevilla fue Hispalis.
Después fue Isbiliya.
Y, tras la conquista cristiana, se convirtió en una Sevilla leonesa, vinculada a la expansión y repoblación de los reinos cristianos occidentales.
Y después ocurrió algo extraordinario.
Sevilla dejó de ser solamente una gran ciudad peninsular para convertirse en una ciudad atlántica.
La ciudad se convirtió en el gran punto de conexión entre Europa y América. La Casa de la Contratación, el monopolio del comercio con las Indias y el Guadalquivir hicieron de Sevilla, durante un tiempo, una auténtica puerta de América.
Mirada así, la historia de Sevilla resulta difícil de encontrar en otra ciudad europea.
Hispalis. Isbiliya. Sevilla leonesa. Sevilla atlántica. Puerta de América.
No son historias que se excluyan.
Son capas.
Y quizá aquí esté la cuestión que más me interesa.
Vivimos en un mundo cada vez más multicultural. Y España posee algo que podría ser una enorme ventaja cultural: una historia en la que conviven, se enfrentan, se mezclan y se suceden tradiciones romanas, germánicas, islámicas, judías, cristianas, mediterráneas y atlánticas.
No hace falta inventar una España multicultural de laboratorio.
La tenemos en nuestra propia historia.
La cuestión es qué hacemos con ella.
Podemos contemplar la Alhambra y decir:
«Eso lo hicieron los arabes».
O podemos contemplarla y decir:
«Esto ocurrió aquí. Forma parte de la historia de este país. Es una de las grandes creaciones de la historia de la península y, por tanto, también de nuestra herencia».
No es lo mismo.
La primera actitud convierte el patrimonio en algo ajeno.
La segunda lo convierte en capital cultural.
Y aquí está la paradoja: quizá durante demasiado tiempo hemos discutido sobre quién tiene derecho a reclamar el pasado cuando deberíamos estar preguntándonos qué podemos hacer hoy con él.
Francia tiene su historia.
Italia tiene la suya.
España tiene Roma, Hispania, los visigodos, al-Andalus, los reinos cristianos, el Mediterráneo, el Atlántico y América.
Y Sevilla, además, tiene la extraordinaria fortuna de haber estado en varias de esas historias.
No necesitamos negar a al-Andalus.
No necesitamos convertir a los andalusíes en españoles del siglo XXI.
No necesitamos tampoco convertirlos en extranjeros.
Basta con aceptar algo mucho más sencillo:
fueron parte de la historia de esta tierra.
Y si esa historia produjo algunas de las obras más extraordinarias de Europa, quizá deberíamos dejar de verla como un problema de identidad y empezar a verla como lo que también puede ser:
una ventaja.
La Guardiana del Río
Autor: Miguel Ángel Cobreros Vime
Publicado en 2026
Disponible en Amazon ISBN-13 : 979-8172827334
Por qué he escrito una novela policial sobre el Guadalquivir
Todo empezó con un cadáver. No sabía quién era ni qué le había pasado, pero sí que había un río cerca, y que alrededor de él andaban unos personajes sevillanos y uno cordobés. El río, además, me llevaba de Palma del Río a Sanlúcar. Fui escribiendo poco a poco, sin un plan cerrado, y la historia se fue haciendo sola.
Así nació La Guardiana del Río.
Es una novela policial, sí. Pero quien conozca Sevilla sabe que aquí nada se cuenta sin que asome debajo otra ciudad, y otra, y otra más. Confieso que a estas alturas no sé si la trama policial es la excusa para pasear por las capas de historia de la ciudad, o si es al revés. Lo dejo a juicio del lector.
Escribirla me ha divertido mucho. Es un oficio nuevo para mí, y lo he tomado con el gusto de quien empieza tarde y sin prisa. También la he pensado como un legado para mis hijos, mis nietos y algunos sobrinos: que dentro de años sepan cómo miraba yo esta ciudad. No me preocupa que a alguien no le guste. Quien no la disfrute, que deje de leerla.
Los dibujos son míos, en grises, de mi libro Dibujando Sevilla. Cada capítulo lleva uno, elegido más por la atmósfera que por la época. Aquí os dejo una muestra:
Y para que os hagáis una idea de la voz del narrador, un fragmento del primer capítulo:
En 2024 publiqué un estudio actualizado sobre las superficies comerciales de las principales calles y ejes comerciales de Sevilla, continuando el trabajo iniciado años atrás.
El estudio analiza 19 calles y enclaves y más de 1.000 locales comerciales, con datos de superficies, ocupación y evolución del tejido comercial.