Al-Andalus: una historia que es nuestra
Hay una conversación que aparece con frecuencia cuando hablo de Sevilla, de la Alhambra o de la Mezquita de Córdoba.
«Eso lo hicieron los arabes».
La frase parece sencilla. Y, en cierto sentido, contiene una verdad: quienes construyeron aquellos monumentos vivían en sociedades musulmanas, hablaban en buena medida árabe y formaban parte de una civilización islámica.
Pero la frase tiene un problema.
Confunde religión, cultura, poder político, origen familiar y pertenencia histórica. Y, sobre todo, convierte una parte de nuestra historia en algo que sucedió aquí, pero que parece pertenecer a otros.
Yo creo que deberíamos mirar las cosas de otra manera.
Los habitantes de al-Andalus no fueron simplemente una población extranjera que llegó a la península y sustituyó a la que había antes. Hubo conquistadores procedentes de Arabia y del norte de África, por supuesto, pero también hubo una enorme continuidad de las poblaciones que ya vivían en Hispania, además de conversiones, matrimonios y mezclas durante siglos.
Un hispano podía convertirse al islam.
Y convertirse al islam no lo convertía en árabe.
Esta distinción, que hoy parece elemental, se pierde con demasiada facilidad cuando hablamos de nuestra Edad Media.
Por eso tampoco me gusta decir que «los andalusíes eran españoles». España, como realidad política y nacional, pertenece a otra época.
Pero hay otra afirmación que sí me parece perfectamente defendible:
Al-Andalus forma parte de la historia de las poblaciones y del territorio que acabarían formando España.
Y esto cambia completamente nuestra relación con aquel patrimonio.
La Mezquita de Córdoba no es un monumento extranjero que casualmente se encuentra en Córdoba.
La Alhambra no es un monumento extranjero que casualmente se encuentra en Granada.
Son creaciones de una civilización que se desarrolló durante siglos en esta península y que forma parte de nuestra historia.
Y aquí aparece algo que me parece todavía más interesante.
Al-Andalus no era Andalucía.
Identificar ambos conceptos es un anacronismo. Al-Andalus fue cambiando de tamaño y de fronteras durante siglos y llegó a abarcar territorios de gran parte de la península.
Andalucía es otra realidad histórica y territorial, posterior.
A nosotros, los sevillanos, quizá nos interese mantener cierta confusión porque tenemos muchísimo que ganar con ella. Pero la historia es más interesante si no necesitamos apropiarnos de Al-Andalus.
Porque Sevilla ya tiene bastante.
Sevilla fue Hispalis.
Después fue Isbiliya.
Y, tras la conquista cristiana, se convirtió en una Sevilla leonesa, vinculada a la expansión y repoblación de los reinos cristianos occidentales.
Y después ocurrió algo extraordinario.
Sevilla dejó de ser solamente una gran ciudad peninsular para convertirse en una ciudad atlántica.
La ciudad se convirtió en el gran punto de conexión entre Europa y América. La Casa de la Contratación, el monopolio del comercio con las Indias y el Guadalquivir hicieron de Sevilla, durante un tiempo, una auténtica puerta de América.
Mirada así, la historia de Sevilla resulta difícil de encontrar en otra ciudad europea.
Hispalis. Isbiliya. Sevilla leonesa. Sevilla atlántica. Puerta de América.
No son historias que se excluyan.
Son capas.
Y quizá aquí esté la cuestión que más me interesa.
Vivimos en un mundo cada vez más multicultural. Y España posee algo que podría ser una enorme ventaja cultural: una historia en la que conviven, se enfrentan, se mezclan y se suceden tradiciones romanas, germánicas, islámicas, judías, cristianas, mediterráneas y atlánticas.
No hace falta inventar una España multicultural de laboratorio.
La tenemos en nuestra propia historia.
La cuestión es qué hacemos con ella.
Podemos contemplar la Alhambra y decir:
«Eso lo hicieron los arabes».
O podemos contemplarla y decir:
«Esto ocurrió aquí. Forma parte de la historia de este país. Es una de las grandes creaciones de la historia de la península y, por tanto, también de nuestra herencia».
No es lo mismo.
La primera actitud convierte el patrimonio en algo ajeno.
La segunda lo convierte en capital cultural.
Y aquí está la paradoja: quizá durante demasiado tiempo hemos discutido sobre quién tiene derecho a reclamar el pasado cuando deberíamos estar preguntándonos qué podemos hacer hoy con él.
Francia tiene su historia.
Italia tiene la suya.
España tiene Roma, Hispania, los visigodos, al-Andalus, los reinos cristianos, el Mediterráneo, el Atlántico y América.
Y Sevilla, además, tiene la extraordinaria fortuna de haber estado en varias de esas historias.
No necesitamos negar a al-Andalus.
No necesitamos convertir a los andalusíes en españoles del siglo XXI.
No necesitamos tampoco convertirlos en extranjeros.
Basta con aceptar algo mucho más sencillo:
fueron parte de la historia de esta tierra.
Y si esa historia produjo algunas de las obras más extraordinarias de Europa, quizá deberíamos dejar de verla como un problema de identidad y empezar a verla como lo que también puede ser:
una ventaja.










