martes, 20 de octubre de 2026

Metropol- Las Setas. Lo que Sevilla discute, Sevilla acaba queriendo

 


Metropol- Las Setas.


Lo que Sevilla discute, Sevilla acaba queriendo


Cada vez que comento con alguien el tema de las Setas, del Metropol Parasol, salen los mismos reproches: costó el doble de lo previsto, hubo problemas con la madera y el pegado, y es un cuerpo extraño en el centro histórico. Todo eso es cierto. Y, sin embargo, creo que se juzga con el listón equivocado.

Lenguaje y forma.

Primero, el lenguaje. Vandelvira trabajaba con geometría descriptiva: una traza de la que salían las plantillas y, de ellas, cada dovela. Las Setas parten de un modelo paramétrico del que sale cada pieza, cortada por control numérico. Hoy se llama lenguaje paramétrico; antes se llamaba estereotomía. La geometría genera la fabricación. Es un linaje, no una casualidad.
Y la continuidad no está solo en el proceso. Las grandes mallas de madera de Las Setas recuerdan, salvando la distancia de materiales y siglos, a la lógica de las bóvedas nervadas: una red geométrica que organiza las cargas y construye el espacio. Lo que en Vandelvira eran nervios de piedra calculados con escuadra y compás, aquí son piezas de madera calculadas por ordenador. Cambia la herramienta; permanece la idea.

Honestidad.

Segundo, la honestidad. Se le exige a Las Setas una pureza constructiva que nunca ha sido una condición para admirar la buena arquitectura. El barroco teatralizó la estructura; el gótico convirtió la técnica en lenguaje visual; el art decó vistió de piedra esqueletos de acero. No los valoramos por mostrar cada esfuerzo mecánico sin mediaciones, sino por la inteligencia con que transforman la construcción en arquitectura. Las Setas juegan el mismo juego, solo que con un vocabulario contemporáneo.

Los Coste. La Giralda y la Catedral.


Tercero, la Giralda. Fue una obra colosal, financiada mediante impuestos, no tenía ninguna necesidad funcional. En una ciudad de pocas plantas, el imán necesitaba un altavoz que no tenía. Pero el califato quería decir quién mandaba, y lo dijo en ladrillo, a kilómetros de distancia. Era un cuerpo extraño en la ciudad medieval. Ocho siglos después es lo que más queremos de Sevilla. La construcción de la Giralda, la Catedral y otros monumentos supuso una transferencia de riqueza a generaciones futuras en una ciudad que mir a al futuro.

La Esencia sevillana. 

La supuesta esencia sevillana. Cuando alguien dice que Las Setas no son "de aquí", conviene preguntar qué es de aquí. La Giralda es un alminar almohade, hermano de los de Marrakech y Rabat. El Alcázar de Pedro I lo levantaron artesanos granadinos y toledanos, y el mudéjar nació siendo un híbrido que escandalizaba a unos y encantaba a otros. La Catedral se alzó sobre una mezquita, y la tradición cuenta que el cabildo la quiso tan grande que quien la viera acabada los tomaría por locos. En 1568 Hernán Ruiz le puso a un alminar islámico un cuerpo de campanas renacentista, y hoy nadie imagina la Giralda sin él. El Ayuntamiento plateresco, el puente de hierro de Triana, la Plaza de España del 29 o el Alamillo del 92 fueron en su momento lo moderno, y varios costaron más de lo previsto y se discutieron.
La esencia sevillana no es un estilo fijo: es la costumbre de absorber lo nuevo y volverlo propio.
Seré honesto con el contrapunto: recordamos lo audaz que salió bien y olvidamos lo que se derribó, como las murallas, los conventos o el propio mercado de la Encarnación. Que Sevilla haya sido valiente otras veces no garantiza nada a Las Setas. Pero tampoco existe una esencia que les impida ser aceptadas.

La Plaza y la Escala.

La Encarnación nunca fue una plaza noble. Durante años fue, más bien, un vacío urbano rodeado de edificios, y el Metropol Parasol le ha proporcionado una identidad reconocible. Su gran cubierta, concebida como una pérgola ondulante, cubre aproximadamente dos tercios del espacio público y aporta una cualidad muy apreciada en Sevilla: la sombra. No obstante, es justo reconocer que, en algunos puntos, la estructura se aproxima en exceso a las viviendas colindantes.

Con 160 metros de longitud, 60 metros de anchura máxima y 30 metros de altura, el conjunto integra el Antiqvarium con sus restos arqueológicos romanos, el mercado de abastos, una plaza elevada y un paseo-mirador que recorre la cubierta.

Resumen:

Las Setas de Sevilla siguen dividiendo opiniones: costaron más de lo previsto, tuvieron problemas técnicos y muchos las ven como un cuerpo extraño en el centro histórico. Pero quizá se juzgan con el criterio equivocado. Su lenguaje paramétrico no está tan lejos de la antigua estereotomía: antes se trazaban piezas de piedra con geometría; hoy se calculan piezas de madera por ordenador. Cambia la herramienta, pero permanece la idea de que la geometría construye el espacio.

También se les exige una honestidad constructiva que nunca ha sido imprescindible para admirar la arquitectura. El gótico, el barroco o el art déco transformaron la técnica en lenguaje visual. Las Setas hacen algo parecido con un vocabulario contemporáneo. 

Y si miramos la historia de Sevilla, muchos de sus símbolos fueron en su día extraños, caros o discutidos: la Giralda, la Catedral, el puente de Triana, la Plaza de España o el Alamillo.

La ciudad siempre ha absorbido lo nuevo hasta hacerlo suyo. Afortunadamente es una ciudad con muchas capas históricas que se han ido integrando sin congelarse en una memoria fija.

La Encarnación no era una plaza noble, sino un vacío urbano al que el Metropol Parasol ha dado identidad. 

Su gran cubierta ondulante aporta sombra, reúne restos romanos, mercado, plaza elevada y mirador, y ha convertido un lugar indefinido en una pieza reconocible de ciudad. Puede ser discutible, pero también profundamente sevillana: porque Sevilla, muchas veces, empieza rechazando lo nuevo y acaba queriéndolo.

 miguel angel cobreros vime

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